Svevo, Joyce, Saba, Trieste: bastardos de frontera
(Publicado en El pobrecito hablador. Universidad Complutense de Madrid, 1990)
La reciente aparición en el mercado español de El Danubio, de Claudio Magris permite que afloren entre nosotros algunos de los aspectos básicos sobre los que se asienta la narrativa moderna en eso que hoy llamamos Italia y que en los primeros años del siglo XX aún trataba de afianzar la urgencia de su nacionalismo estrenado. Claudio Magris, entre otros triestinos ilustres, es el padre de una reflexión cultural sobre la ciudad que se concreta en esa vaga, sugerente y programática "identidad de frontera" que devuelve a la triestinidad, el valor del multilingüismo, el abrazo de lo diverso, la convivencia de lo multicultural, la generosidad de lo ecuménico, la bandera de la tolerancia, el orgullo, en fin, de ser bastardos de frontera. Existe, pues, una triestinidad histórica y cultural y existe también su proyección específica literaria que desborda a la primera y se expande hasta los cimientos de la narrativa europea del presente siglo. Pensemos que de los cuatro o cinco grandes nombres de la novela del siglo XX Svevo y Joyce eran triestinos aunque el segundo lo fuese de adopción y de sentimiento. También Kafka era mitteleuropeo y la filiación hebraica de Proust es comparable a la vena judía de la triestinidad. Intentaremos aquí aproximarnos a la misma y al nacimiento de la novela contemporánea. Para ello es imprescindible comenzar con alguna breve referencia histórica.
Esta bella ciudad del alto Adriático fue hasta el siglo XVIII un pequeño centro de pescadores relegado a un plano de segunda o tercera categoría durante la hegemonía veneciana que hizo de Capodistria y Pirano las capitales de la península actualmente bajo administración yugoslava. Trieste permaneció marginada de este comercio —famosos son en este sentido sus "piratas de la sal". Y en ningún caso se consideró como el centro de una región que se conoce con el nombre de Friuli-Venezia-Giula.
Es, pues, el desarrollo y la expansión del primitivo Gran Ducado de Austria la ocasión que hará de Trieste un verdadero emporio
comercial y cultural. Efectivamente el inicio de esplendor del imperio austro-húngaro verá en la ciudad del Adriático la ocasión propicia para establecer su ruta comercial con Oriente así como el aprovisionamiento por vía marítima. Desde 1776- 1779 comienzan a construirse los grandes astilleros, y se organiza una imponente actividad comercial que atraerá a alemanes, griegos, eslovenos, croatas, ingleses, holandeses, istrianos, napolitanos y genoveses. La ciudad es declarada puerto franco y con la nueva carretera que conduce a Viena se afianzará una vía de intercambio que tanta importancia habrá de tener en el nacimiento y desarrollo de la cultura.
Cuando en 1830 Henri Beyle recibe en Trieste su primer ejemplar de Le Rouge et le Noire, la ciudad tiene 60.000 habitantes; y en 1910, 235.000. Han nacido las grandes compañías aseguradoras y la bandera de Trieste ondea en todas las rutas comerciales importantes. En este amplio período de tiempo no podemos olvidar que, al otro lado de la frontera, Italia está afirmándose como Estado unificado y que los triestinos, al menos una gran capa de la burguesía intelectual, no permanecen indiferentes ante este acontecimiento histórico; más aún, el Ayuntamiento que, a pesar de la administración austríaca, conserva una amplia autonomía, se opone vivamente a la sustitución de la lengua italiana por la alemana y al cierre de la escuela municipal italiana responde con la creación de otras como la "Dante" o la "Petrarca" y con la reivindicación del italiano como lengua patria. No parece, sin embargo, que la madre Italia correspondiera con idéntico amor a la pasión de estos hijos, a los que más tarde llamará irredentos y cuya italianidad enarbolará como estandarte reivindicativo de la Gran Guerra. Para toscanos y milaneses Trieste era todavía aquella ciudad de bastardos de frontera en la que se oía una parlata contaminada por vandálica mezcla de friulano. Amores históricos no correspondidos, rivalidades vecinales, órdenes de neófito, la italianidad como guía, el orgullo del pasado, el desconocimiento se mezclan entonces en un pentolone de falsos nacionalismos que aún subsisten.
El hecho cierto es que Trieste y Trento serán las míticas ciudades del irredentismo italiano pábulo y pretexto a la ver, de la mayoría de las posturas políticas y literarias; y en la memoria colectiva de los italianos afloran con esplendor lúdico y trasnochado —siempre teatral—, bersaglieri, el Piave, banderas, cuando se recuerdan las medallas al valor del subteniente Pertini en el Carso o la muerte de Scipio Slataper en las colinas de Gorizia que magistralmente inmortalizará Hemingway. Trieste, pues, encrucijada de civilizaciones y puerta por la que entraron en Italia muchas corrientes europeas —mitteleuropeas— entre las que cabe destacar por su evidente importancia la del psicoanálisis. Si seguimos el testimonio de Giorgio Voghera, hijo de Guido Voghera y uno de los amigos y componentes de aquel cenáculo literario entre los que se cuentan Umberto Saba, Italo Svevo, Stuparich y un largo etcétera, el psicoanálisis llegó a Trieste con la fuerza de un ciclón. No olvidemos que sólo más tarde, a través de la escuela "Rivoltella", más tarde Facultad de Economía y Comercio, en la que, por cierto, enseñó Joyce (my revolver university la llamaba en alusión al apellido del fundador), contará la ciudad con una universidad propia, por lo cual, el camino obligatorio para los hijos de la burguesía triestina fue siempre la carretera Opcina-Viena. Y no olvidemos que en la Viena mitteleuropea de este período el jovencito Wittgenstein asiste a las reuniones familiares en las que participan Mahler, Schönberg, Kokoschka, Klimt y, seguramente también, un tal doctor Freud. La Trieste de principios de siglo se ve sacudida por el retorno de tres de sus hijos que han asistido a las clases de Freud. De ellos, sólo uno, Eduardo Weiss, continuará en el ejercicio de la neurología, pero, discípulo fiel y convencido del maestro vienés, tuvo la oportunidad, a través de aquel círculo de amigos y de conocidos que antes nombrábamos, de crear un grupo de adeptos y fanáticos de las nuevas teorías que durante mucho tiempo intercambiaban sueños e interpretaciones.
Quien haya leído Una Vita, la primera novela de Svevo, descenderá en la espiral del autoanálisis, a la atormentada búsqueda de salute de Alfonso Nitti; un descenso que se realiza, paradójicamente, en la ascensión a las colinas de Trieste y el retomo descolorido a la ciudad, hacia el suicidio inevitable y anunciado. También Emilio Brentani, el protagonista de Senilità bajará a la ciudad, al final de la novela, como quien se sumerge en una oscuridad infinita; pero, de pronto, en la última página, una ráfaga borra la niebla y renace la tranquilidad. El autoanálisis ha encontrado una vía de escape y de este modo, en una de las más altas cimas de la novela moderna, aparecerá esa visión desencantada, indulgente, cínica a veces, y humana que se llama Zeno Cosini. Y es precisamente la autoironía, la disposición a la burla de sí mismo incluso en las situaciones más difíciles, lo que representa uno de los aspectos más geniales y placenteros de la Coscienza di Zeno. También aquí la salud es elemento importante de todo el entramado narrativo; salud en todos sus matices de fumador y de inadaptado, de crisis, de quien no encuentra su sitio definitivo pese al voluntarioso puente de su seudónimo. Claro, que como él mismo decía, le daba mucha pena esa débil vocal de su apellido entre tanta consonante de ceño germánico.
La máxima aspiración de Weiss, el discípulo de Freud, de iniciar, a su vez, en la práctica de la terapia psicoanalítica a discípulos propios, se vio colmada con su traslado a Roma donde, con la ayuda de sus dos primeros y verdaderos alumnos, inició en el psicoanálisis a toda la generación posterior de neurólogos italianos. En su haber se cuenta también la primera publicación en italiano de una obra del género Elementi di psicanalisi, publicación que continuó ya desde la universidad de Chicago.
A pesar de su alejamiento, Trieste fue durante muchos años, y continúa siéndolo, centro importante de la actividad y renovación psiquiátrica en Italia. La controvertida reforma del tratamiento de la enfermedad mental —la célebre ley 114— nació en Trieste con Franco Basaglia, y su labor, tras su prematura muerte, continúa en su escuela. Pero continuar por este camino sería digresión impertinente.
El hebraísmo constituye, sin duda, sobre todo a comienzos de siglo, una identidad sin fronteras o una identidad de frontera. Fresco aún el recuerdo de las cadenas del ghetto (el imperio austro-húngaro fue el primero en romperlas y Triste fue la primera ciudad sin ellas), el hebraísmo se mantiene en un equilibrio de integración creciente, sin sospechar la barbarie futura, en la tolerancia y en una modernidad distante del hebraísmo más oriental. Es arriesgado hablar de escritores judíos o de narrativa hebraica, porque la propia búsqueda de signos diferenciadores puede encerrar la condena y segregación de los mismos. Es fácil caer en el racismo científico o en el aislamiento y persecución de lo diverso. El hecho evidente, sin embargo, es que los grandes escritores triestinos, como Svevo y Saba, eran de origen judío y, al decir de Giorgio Voghera, superviviente del holocausto, esto comporta una esencialidad perceptible a veces sólo a otro hebreo.
Esa esencialidad se cifra en el autocontrol como actitud defensiva; en el auto conocimiento como meta y búsqueda, quizá, de culpabilidades y remordimientos lejanos; en el juicio desencantado por una profunda conciencia de la provisionalidad y de la relatividad de los casos; en la indulgencia y comprensión del comportamiento humano, actitud que deriva hacia el uso de la ironía y la burla de uno mismo. Sobre esta base construye Svevo a Zeno, con un fondo de decadencia irremisible, de crisis desgarrada que alumbrará al hombre moderno, al moderno héroe cotidiano, que luego se llamará antihéroe, en un paisaje desolado, incierto y agónico.
Por el hebraísmo podemos tender el puente entre Svevo y Umberto Saba, aunque sea el del poeta más aparente, como en la evocaciones del cementerio judío o como en aquel famoso poema de la capra dal viso semita. Esta conciencia de Saba se liga y entreteje con sus muchas vicisitudes personales en un viaje interior que ya trataba, antes de la irrupción del psicoanálisis, de explicar las "causas desconocidas en las acciones de los hombres".
Italo Svevo y Umberto Saba son dos de los grandes de la literatura italiana de este siglo. Su reconocimiento, sobre todo en el caso de Svevo, fue tardío y su éxito trabajoso. Por fortuna, Montale advirtió el valor y la revolución de este Zeno desmañado e irónico, aunque no mucho antes de que aquel último cigarrillo irrumpiese de improviso para verificar su parábola ineluctable.
Incluso en la propia Trieste, su existencia rondó los bordes del exilio interior; Svevo dedicado a sus comercios de pinturas entre la comprensión tolerante y resignada de su familia y el desdén ignorante de la ciudad por aquella extravagancia; Saba, huraño en sus paseos por el puerto y polémico en su tienda repleta de libros viejos. Probablemente no coincidieron nunca. Además de los veinte años de diferencia, el exilio interior puede anidar en los salones de la distinguida familia burguesa y en las miserias de la soledad, en la sexualidad encogida y en los sanatorios. Sus escrituras son, sin duda, testimonio de la inquietud y del rompimiento de nuestro siglo, siglo cuyo único deseo parece ser su urgente consumación.
Algunas ciudades reciben, a veces, la gracia literaria de
los dioses. Trieste es una de ellas. En 1904 llegaba a la ciudad James Joyce. Había pasado una corta temporada en Pola, otra ciudad marítima del imperio, y llegaba ahora para dar clases de inglés en la academia Berlitz. Tenía venticuatro años y había comenzado un largo exilio político que encontraría en Trieste el precioso humus de frontera interior que andaba buscando. Eso y el puerto triestino y el barrio del puerto, la marina, con sus incontables osterie y su chispeante vino blanco. El encuentro con Svevo tuvo como pretexto las clases particulares de inglés que pronto se transformaron en conversaciones y confidencias literarias, en amistad duradera. Svevo le confía las dos novelas que había publicado y Joyce elogia la consistencia de los personajes, la técnica introspectiva, el recuerdo, la asimilación de Tolstoi, la aspiración del triestino por aunar cristianismo y judaísmo, germanismo y latinidad. Lo cierto es que Leopold Bloom el "judío errante" dublinés bien pudo engendrarse en aquellas conversaciones en la embriaguez del desencanto con destellos de ironía complaciente. Ulysses se publica en 1922. Los primeros capítulos fueron escritos en Trieste. La coscienza di Zeno se publica en 1923. El amigo James (Giacomo para los triestinos) desde Zurich y Eugenio Móntale "lanzan" internacionalmente la magistral novela. Trieste pertenece ya a Italia; será ocupada después por los alemanes, por las tropas yugoslavas de Tito y administrada por el alto mando aliado. En Italia nuevamente desde 1954, comenzará un proceso de recuperación de la memoria, no exento de nostalgia ("el buen gobierno autríaco") y de los hijos ilustres que ignoró en vida. Zeno contempla desolado un mundo que se derrumba y Leopold Bloom vaga por una noche interminable a la búsqueda de algo que desconoce. Otro judío, Proust, había iniciado la ceremonia de recuperación de un tiempo tan distinto a este presente incierto y desanclado. Había nacido la novela moderna. Poco antes Umberto Saba había escrito: Trieste ha una scontrosa/ grazia. Se piace/ è come un ragazzaccio aspero e vorace/ con gli occhi azzurri e mani troppo grandi/ per regalare un fiore;/ come un amore/ con gelosia. (Trieste tiene una gracia huraña. Si gusta, es como un muchacho áspero y voraz, con los ojos azules y las manos demasiado grandes para regalar una flor; como un amor con celos).
(Madrid, marzo de 1990)
