Los modos de la lectura
1. El desorden de las lecturas
Podría decirse que, efectivamente, hay otros mundos; mundos que, según Fulcanelli, están en éste (¿escondidos, cifrados?); sería más exacto, sin embargo, constatar simplemente que están al alcance de todos, en los libros y en nuestras lecturas. Lecturas que, como en la novela de Millás, desordenan nuestra vida, lecturas que nos inducen casi siempre un conocimiento desordenado del mundo (en el supuesto de que exista alguno ordenado). Es preciso, sin embargo, no apresurarse porque, tras muchos años de lectura, es posible que el desorden comience a tomar alguna forma más precisa, que las infinitas piezas de nuestro puzzle mental dibujen un sedimento más reconocible y orgánico. Eso es lo que parecen afirmar autores como Saramago o Manguel y tal vez ése sea el significado final de las bibliotecas ideales, borgianas, que comienzan como torres de babel y pueden recomponerse casi inadvertidamente hasta aparecer como la silueta reconocible del faro.
Cuando atracaba en el puerto de Brindisi la nave en que volvía de Grecia un Virgilio enfermo y deprimido, cuenta Bloch, el poeta tuvo la sensación, súbita y profunda, de que había alcanzado una especie de clarividencia, un fogonazo (lo que los psicólogos llamarían siglos después inside), por el que su obra cobraba un sentido global y que, a la luz de esta definitiva iluminación, consideraba mediocre e insuficiente. ¿Habrá que esperar a la edad madura o a la inminencia de la mismísima muerte para que se ordenen nuestras lecturas?
Cuando el adolescente se asoma a la inmensidad de los mundos que le proponen sus primeros libros, siente una especie de vértigo ante lo infinito de una propuesta interminable; siente desazón y, a veces, desata un frenesí que lo impulsa a leer lo más posible, de forma atropellada con frecuencia, a leer sin distinción novelas, poesía y prospectos de medicamentos. Cuenta García Márquez que, en sus primeros años de Universidad en Bogotá, leía todo lo que caía en sus manos, hasta que un compañero de pensión le prestó un libro y él, difuso estudiante de derecho, sintió su particular iluminación ante las dos primeras líneas: Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso. Nada sería ya lo mismo, García Márquez había encontrado un principio ordenador, doblemente en su caso, como lector y como escritor. No parece, sin embargo, tan fácil para el común de los lectores encontrar este punto de referencia.
Al iniciarnos en la lectura nos debatimos entre un propósito racional; el propósito, por ejemplo, de comenzar por el principio o el de leer sólo los libros que conciernen directamente a nuestra intención académica y el de dejar escapar las apetencias de lo que vamos descubriendo y que, pensamos, no tiene nada que ver con la esencia de la formación emprendida. Todos hemos conocido a alguien cuya planificación radical de lecturas nos sorprendía o despertaba nuestra admiración, recelo o deseo de emulación. Alguien que, además de las lecturas académicas, comenzaba por Hesiodo y que al final de curso había llegado a La Odisea. ¿Cómo rechazar por el camino, sin embargo, aquello que venía de Hispanoamérica y que tanto desconcertaba y deslumbraba, o la poesía recién descubierta por algún amigo de Saint John Perse, o los mundos rurales, duros y mágicos, de Steinbeck o del mismísimo vecino Miguel Delibes? Con el tiempo vamos descubriendo la fascinación del desorden como principio informador, un principio que deja al descubierto cada vez un número mayor de lagunas, pero que actúa como guía encubierta por la que, casi sin premeditación, construimos nuestra personal vía de lectura. Esta sería la distinción fundamental, como propone, entre otros autores, Virginia Woolf, entre el estudioso y el lector. El primero se propone (con frecuencia, se impone) seguir un plan racionalmente trazado, con un propósito más o menos bosquejado o definido y con el espíritu atento del investigador. El lector, por el contrario, no se atiene sino a las reglas de su propia apetencia, de los parecidos, de sus erráticos paseos por ferias y librerías, del encadenamiento temático o de la vecindad física de los libros. Es como si enfrentáramos al individuo desdoblado en las dos versiones, ya clásicas, de Robert Burton en su monumental estudio sobre la melancolía. El desorden melancólico de las lecturas frente al utópico orden de la racionalidad.
Este desorden provoca nuestro desorden. Nuestra afirmación en la entrada a la edad adulta (Llamadme Ismael, se presenta, profético y resuelto, el personaje de Melville), o tal vez precisamente por eso, conlleva la incorporación de principios, de ideas definidas, de criterios de los que, pensamos, jamás nos moverán. Ésta es una de las cualidades del desorden de leer: nuestra visión del mundo, tan sólida como un castillo de naipes, se ve sometida continuamente a revisión, nuestros incipientes principios se tambalean con la misma frecuencia con la que, acto seguido, se reafirman. Nos fascina la peripecia interior-exterior de Holden, nos enrabieta la dudosa moralidad de Don Fermín de Pas o nos desconcierta la sinceridad del cura rural de Bernanos. ¿Cómo encontrar, una línea maestra, una guía en este viaje interior? ¿Cómo encajar, por si fuera poco, la forma, la función, aquellos trópicos tan tristes o el materialismo dialéctico con las fascinantes y aterradoras primeras páginas de Tiempo de silencio o con aquel introibo ad altare Dei de Buck Mulligan que necesariamente había que leer? Esa guía aludida, sin embargo, se configura despacio e incluso a nuestro pesar, a espaldas de nuestra conciencia, hasta que despunta, a veces para nuestra propia sorpresa, en una conversación con un amigo o en un primer trabajo académico.
El desorden de leer supone también el rechazo de ciertos libros y de ciertos autores; y ciertos rechazos implican la consolidación de prejuicios literarios y sociológicos. Rechazamos un libro por su autor, por la crítica, por su comercialización, porque está de moda, porque sospechamos que puede poner en entredicho ciertos principios propios; a veces, sin embargo, sucumbimos a lecturas que rechazaríamos para no quedarnos fuera de ciertos comentarios o, simplemente, para tener una idea más precisa de algunos interlocutores ocasionales. Por ello, con frecuencia también presumimos de haber leído libros que sólo hemos hojeado o cuyo argumento o ideas conocemos por referencia. El lector vocacional entra en el vértigo de las lecturas propias, pero trata también con frecuencia de mantener una cierta imagen con los conocidos. Para algunos lectores esto supondrá acercarse a los libros de Vila-Matas, por ejemplo; para otros, que conozco, ceder ante las numerosas ediciones de La sombra del viento.
El principio impulsor de nuestro desorden es a menudo el ejemplo de quien, se dice, lo ha leído todo. En el entorno profesional o mediático, cuando el lector cubre su etapa de lecturas académicas y obligadas, se tiende con frecuencia a sobrevalorar las recomendaciones y las críticas que muchas veces obedecen a simples labores, legítimas, de promoción comercial: ahí aparece también el deseo de emulación de ese crítico que lo ha leído todo y que, por tanto, se cualifica automáticamente ante nuestros ojos y nos empuja al desorden; desorden que, por otra parte, como se señalaba anteriormente, se configura poco a poco como tendencia personal de lectura.