Los modos de la lectura


2. La lectura vertical


Uno de los modos más curiosos de lectura, (de lectura profesional, se decía hace algunos años, aunque tengo la impresión de que su difusión ha decaído en la actualidad) es el de la lectura rápida, método mediante el cual el lector, con entrenamiento y esfuerzo, amplía paulatinamente su campo visual, que se expande desde un teórico eje vertical en el centro de la página hacia los márgenes de la misma. El secreto consiste en no mover los ojos, mucho menos la cabeza, y abarcar espacios enteros de lectura que, se supone, la mente procesa en el modo correcto. Método, según sus valedores, practicado por brillantes políticos, de antaño siempre, que permite leer informes y más informes en escaso tiempo con un considerable ahorro de tiempo y una considerable dosis de eficacia añadida.

No quiero detenerme más tiempo en este tipo tan pintoresco de lectura, que cada cual extraiga sus propias conclusiones, pero sí me hace pensar en otra lectura vertical (tal vez podría hablarse de lectura de retroalimentación), mucho más frecuente y también mucho más aconsejable y productiva. Me refiero a la de quien vuelve sobre sus pasos, a la del lector que con frecuencia repasa una página o un párrafo o que busca más arriba incluso a veces una sola palabra; que de manera espontánea establece y comprueba el funcionamiento de lo que los teóricos llaman el circuito texto-lector. Pese a que la terminología sea contemporánea, ya Petrarca, a decir de Cavallo o de Manguel, reflexiona al respecto en uno de sus diálogos y concluye, con la ayuda de Agustín que en el fondo no hay por qué aceptar todo lo que el libro nos proponga, sino que podemos también elaborarlo con nuestro conocimiento y disposición personal, para utilizarlo así cuando llegue la ocasión oportuna, como si el lector pudiera ser un segundo autor, podríamos añadir. Porque siglos más tarde, en efecto, hablaremos de ese mencionado autor-lector que puede cerrar de manera distinta e insospechada el circuito narrativo. La primera gran intuición al respecto, más o menos esbozada, está presente ya en Francesco Petrarca.

Este tipo de lectura discontinua parece tener fundamentos incluso fisiológicos, como determina un reciente estudio llevado a cabo en una universidad inglesa. En dicha investigación resulta que en el acto de la lectura los ojos no se fijan en las letras de manera lineal ni ordenada, sino que hasta en un cuarenta y siete por ciento de los casos lo hacen en varias letras a la vez y, además, es muy común que salten de una a otra antes del acto de la pronunciación, como si de un baile de letras se tratase. Tanto desde la perspectiva del investigador, lector profesional, como desde la del lector común la lectura de retroalimentación proporciona el ajuste de la comprensión y del juicio, en el primer caso, y el deleite de la lectura en el segundo (el tan traído plaisir du texte de Barthes); además de la comprobación de ciertas artimañas narrativas como el uso, por ejemplo, de catáforas más o menos encubiertas o de ciertos indicios tosca o hábilmente cifrados. El lector común puede así descubrir que ese final inesperado o atípico no sería tan inesperado ni tan atípico si hubiera prestado más atención (nada es superfluo en un buen cuento, por ejemplo) a las señales del texto. Puede descubrir que debería haber sabido desde mucho antes quién era ese Vincent Moon, personaje del cuento de Borges (La forma de la espada), porque tenía frente a sí todas las pistas para haberlo descubierto; y esta conclusión al lector le proporciona el placer profesional de desentrañar analíticamente una estructura narrativa, el placer de comprobar la inagotable riqueza de ciertos textos; así como, a veces también, la poca pericia lectora pese al paso de los años. Pericia lectora o, tal vez, lectura empírica, si avanzamos un paso en la escala del conocimiento que proponían los clásicos griegos. A leer se aprende; y el aprendizaje de la lectura dura toda la vida del lector, de ahí que con frecuencia el lector ejercitado practique este tipo de lectura vertical tan productivo y gratificante como poco sujeto a la tiranía del paso de las horas.



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