Los modos de la lectura
4. Lectura femenina, lectura masculina
(“Y me acordaba de cuando metía medio cuerpo en el armario, con el Atlas abierto en la penumbra, y miraba el Archipiélago y me paraba extasiada en cada nombre: Lemnos, Chio, Andros, Serphos,... Karo, Mykono, Polykandros... Naxos, Anaphi, Psara... Ah, sí, nombres y nombres como viento y sueños. Soñando yo también, mi dedo recorría en una comba, sobre el azul satinado, desde Corfú a Mytilena. Y las palabras, como una música: él iba en el Delfín, vivía en él, y no pisaba tierra apenas: se iba hasta el Asia Menor...”)
Ana María Matute, Primera memoria
Resulta difícil que los juicios sobre “lo femenino” y “lo masculino” no terminen por ser ofensivos o discriminatorios. Hay que proceder con tiento (hay que evitar también los excesos de las doctrinas políticamente correctas), pues con frecuencia afloran opiniones que, meditadas con calma, nos gustaría cambiar. La reflexión en este caso es, por tanto, muy sencilla: ¿existe una manera femenina de leer? Si así fuera, ¿existirá también una masculina?
Diferenciar no debería conllevar un juicio de valor sobre lo que se diferencia, como ha sucedido casi siempre a lo largo de la historia con esta sencilla división: no se ha planteado por la oposición masculino-femenino, sino por la de masculino-afeminado. Sería prudente, por tanto, reconocer que quien lee puede llevar en su interior diversos tipos de lector, entre ellos el masculino y el femenino.
“Las mujeres no entienden los mapas y los hombres no saben escuchar” se repite desde hace un tiempo como uno de los tópicos con pretensión de paradigma que tratan de avanzar en este terreno. ¿Son aplicables estas diferencias al mundo de la lectura? ¿Existen las que puedan asimilarse a uno u otro sexo o sólo existen lectores(as) diferentes y en diferentes ocasiones? Parece arriesgado, en principio, trazar un perfil del proceso lector diferenciado por sexos; sin embargo, parece también posible intentar algún tipo de acercamiento sobre la base misma de ese viaje interior que propone el libro y que se concreta de diversos modos (algunos parecerán más femeninos y otros más masculinos) según el tipo de lectura.
Leemos por muchos motivos, es cierto, pero, en definitiva, siempre (más o menos conscientemente) hay una conexión oculta entre ese mundo exterior que se adentra en nosotros y el esquema, desdibujado con frecuencia, que poseemos sobre nuestro propio mundo interior y su proyección hacia fuera. Si nos reconocemos en lo leído, la conexión será más evidente; si la lectura resulta desapegada, dicha conexión no habrá encajado en casi ninguno de los distintos niveles de conciencia que poseemos, tanto por ser lectores como por ser personas. Esto no siempre sucede por disonancia con el libro; lo es con frecuencia porque el lector cierra alguno de los accesos que el libro le propone abrir.
Esta es la diferencia fundamental y más inmediata en la que se me ocurre pensar: la permeabilidad de la lectura hacia el mundo interior. ¿Hasta qué punto dejamos que lo leído nos penetre? ¿Qué fortaleza tienen esas barreras que erigimos o qué resquicios permitimos que se abran en ella al leer? Ante todo, leer significa prestar una colaboración que a veces puede parecer esforzada; sin embargo, a medida que nos adentramos en la lectura, este acto tan sencillo, tan voluntario y tan libre puede conducirnos al ensimismamiento; y éste tiene imagen femenina. Ahí están los magníficos ejemplos de Renoir o Fragonard que pintaron mujeres lectoras y, quizá el más emblemático en mi opinión de todos ellos: el de la Anunciación de Simone Martini. En él, la intromisión del arcángel provoca en la virgen un inusual y atrevido gesto de contrariedad (“¿cómo te atreves a interrumpirme, a sacarme de mí misma?”, parece decir la doncella), único entre las dóciles representaciones del resto de las anunciaciones.
Dice miss Tina en Los papeles de Aspern: “Leo mucho, pero no escribo con frecuencia (...) Por lo general antes de acostarme leo un poco de poesía. Y es una mala costumbre, lo confieso, pero a menudo sigo leyendo en la cama”. En efecto, entre la iconografía de la lectura aparece la de la mujer que lee en un diván o en la cama; la de quien se rinde y abandona al libro que sostiene entre las manos (a veces en una sola de ellas: la lectura de una mano). Si, como afirma el tópico, los hombres no saben escuchar, éste sería un primer punto de partida: también hay que aprender a escuchar a los libros.
Escuchar significa respetar los tiempos del interlocutor y colaborar con él. Aunque el grado de solapamiento entre los interlocutores no significa sólo falta de respeto (depende también del mayor deseo de cooperación y empatía), parece claro en todas las culturas que la conversación es con frecuencia una costumbre más “solipsista” que cooperativa cuando se trata de varones. Parece haber, por tanto, también un paralelismo claro entre conversación y lectura, como bien sabían los maestros renacentistas al rescatar este género, la “sacra conversatione” a la que alude, por ejemplo, Juan de Valdés.
La construcción del espacio interior, la comprensión del propio yo y la del mundo exterior como consecuencia y reflejo del propio mundo. Un camino de dentro hacia fuera. Comprenderse para comprender, conocerse para conocer, ensoñar para soñar otros mundos y otro mundo concreto, personal y social; descubrirlo a través de los espacios cognitivos interiores que proporciona la lectura: una lectura que, con frecuencia, se decanta por la ficción, por la novela.
Éste parece ser el camino, si acaso, que recorre la lectura femenina.
Por el contrario, el camino opuesto (masculino) trata de entender la realidad exterior sin haber comprendido la propia. La lectura masculina pretende adaptar el mundo a una realidad interior incierta y a menudo poco conocida, “desprecia” la novela como lectura poco activa, como una lectura que conduce a la no acción y a la fantasía, como en el caso de la niña de Ana María Matute, a la imaginación como trasgresión y locura (como afirmaba Teresa de Ávila). El lector se decanta por el ensayo, porque en este último el camino de la reflexión ya está trazado o terminado, mientras que en la ficción, por el contrario, se debe deducir con paciencia, con los tiempos de la meditación y tras un largo proceso de dudas, vaivenes, contradicciones y, finalmente, de asimilación más o menos consciente.
El sutil mundo que abre una novela incita a la participación, a la terminación del lector. La lectura femenina consistiría precisamente en esa capacidad para involucrar la propia imaginación y las propias emociones. La lectura masculina prefiere la lectura visiva, terminada, monolítica, por temor quizá a confrontarla con el propio sistema o con las propias creencias o carencias. La lectura comporta siempre una disposición callada hacia el autoanálisis y el conocimiento interior. Las mujeres que leen parecen emprender este camino y lo hacen en cualquier lugar y ocasión (como es tópica la imagen de la mujer que lee en el metro o en el autobús) aun siguiendo el “camino” de la fantasía por las páginas de una novela. El lector busca ser más espectador que actor de una transformación interna. En todo caso (leer la prensa, por ejemplo) la impresión es que trata de comprender el mundo exterior sin conocer el propio. Por ello en las opiniones femeninas, en conexión con sus lecturas, hay más ejemplos de la propia vida y experiencia que en la de los varones, cuyas experiencias tienden a ser más impersonales. La asepsia de la vida interior en estos últimos encaja con esa relegación a un segundo plano del mundo emocional y de los sentimientos que tantas veces se ha identificado como propia de los varones, como la de que los chicos no lloran y, si sufren, lo hacen en secreto.
En todo caso, como se apuntaba más arriba, la lectura femenina no debiera ser patrimonio de las mujeres, como tampoco debe ser de los varones la lectura masculina.