Los modos de la lectura


5. La lectura en voz alta

Superest lectio: in qua puer ut sciat, ubi suspendere spiritum debeat, quo loco versum distinguere, ubi claudatur sensus, unde incipiat, quando attollenda vel submittenda sit vox, quid quoque flexu, quid lentius celerius, concitatius  lenius dicendum, demonstrari nisi in opere ipso non potest.
(Quédanos por hablar de la lectura. Dentro de ella no puede ofrecerse, si no es por medio de la práctica misma, el mejor medio para que el niño aprenda dónde debe suspender la respiración, en qué lugar distinguir el verso, dónde concluye un pensamiento, desde dónde comienza, cuándo hay que bajar o alzar la voz, qué tendrá de decirse en correspondiente tesitura, qué con mayor lentitud, con más velocidad, con más vehemencia, con más suavidad.)

Quintiliano. Institutionis Oratoriae Libri XII, Libro I, Capítulo VIII.

Como adultos, ajetreados y presurosos, menospreciamos la lectura en voz alta. Seguimos pensando que esa lectura, inmadura, es cosa de niños que domestican así sus balbuceos e inseguridades frente al aprendizaje y a la escritura. No siempre fue así, sin embargo. Cuentan de Alejandro Magno que cuando un correo militar, casi extenuado, le presentó un informe urgente, el macedonio lo desdobló cuidadosamente y se limitó, silencioso y concentrado,  a fijar la vista en el pergamino, para gran asombro de los presentes que no podían comprender que eso fuera otra forma de leer. Lo mismo se dice de Ambrosio, obispo de Milán, abstraído en el interior de su celda,  la vista baja y, para asombro de Agustín de Hipona, en silencio y con un libro entre las manos.

Leer en voz alta, y en consecuencia oírse y escucharse, supone, por lo menos, un triple esfuerzo: físico, de articulación y de vocalización; mental, es decir, de comprensión, de relación y activación de todos los mecanismos cognitivos; y, por fin, una combinación de ambos, pues se ha de conseguir la modulación y la entonación adecuadas a los términos que el texto propone. Para ello es preciso templar el ánimo y la voz, liberarse de prejuicios vagos y dejar que fluyan las claves que la escritura misma nos propone. En este acto solitario, y virtualmente coral y colectivo, la lectura no es fácil en principio; como “lectores por obligación”, estamos excesivamente urgidos por la prisa y por la pulsión instrumental de la lectura; poco a poco, sin embargo, es tal su capacidad gratificadora que el lector entra en una dimensión de experiencia exaltante y de euforia sensorial.

Hagamos la siguiente prueba: leamos la última frase de Cien años de soledad. Contiene un poderío estético, enigmático, desolador, que se agiganta en el recitado, como si toda su dimensión de conjuro o de sentencia inapelable apareciese solamente en la pronunciación y modulación  de cada una de sus palabras y sonidos: porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

La palabra en su esencia primera, para ser pronunciada, para que la combinación de sus elementos fonéticos estalle e inunde todos nuestros canales articulatorios y mentales: tal es el poder del mantram (o de la jaculatoria) como camino hacia esa predicada armonía con el universo.

Claro que algunos textos “exigen” el recitado; ¿cómo leer, si no, aquello de que apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso; o cómo, de otro modo, palpar la melancólica cadencia de […] Annabel Lee / I and my Annabel Lee / My beautiful Annabel Lee; o cómo la letanía musical, dura, telúrica, del famoso Garlic and sapphires in the mud?

Cuando se nos explica que la palabra no siempre es portadora de información, sino que se puede usar para realizar determinados actos, ceremonias o rituales, pensamos en la fuerza ilocutiva o en su poder realizativo; pero sólo en el ejercicio solitario de la lectura en voz alta percibimos sensorialmente su fuerza misteriosa y penetrante. Leer en voz alta es crear un escenario: supone comenzar una representación múltiple, la que “creamos” entre palabras, cosas y conceptos y la que creamos en un hipotético pero presente espacio teatral. La palabra recitar alude en cierto modo a ello, aunque en un orden secundario; convendría que nos fijásemos, por ejemplo, en el sentido que la misma palabra tiene en italiano; aun siendo idéntico el significante, en italiano incorpora como primerísima acepción precisamente su dimensión teatral, el mester del actor, la fuerza del teatro.

Leer en voz alta nos conduce, por tanto, hacia una creciente catarsis emocional y estética. Hagamos la prueba esta vez con Dante: aunque no podamos sustraernos a  la voz  de Arnaldo Foà (o a la de Vittorio Gassmann), Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura adquiere al leerlo en voz alta una dimensión tan extraordinaria que nos conduce, como lectores y actores improvisados, hacia la promesa inexorable de un mundo inquietante y de pavura.

Leer de esta manera es un poderoso filtro para apreciar la calidad de un texto, es la prueba definitiva capaz de hacer aflorar lo sublime escondido o hacer que precipite en el abismo de lo cursi y lo ridículo. En cualquier caso el espíritu y aun los pulmones del lector, tras el deliquio, descansan en la plenitud y en la armonía con la que tal vez soñó el autor del texto.



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